Gente
Balász · Pastor de ovejas
"Hoy en día es muy difícil encontrar nuevos pastores.
Los jóvenes no están entrenados y no prestan atención a los detalles”
Desde la cima de una de las colinas que rodean el lago de Keresztúr señala a otro rebaño de ovejas pastando en la ladera contraria: “ese está administrado de la forma tradicional. Es como una cooperativa con muchos propietarios, y se turnan para ordeñar y sacrificar a las ovejas. Cada propietario obtiene a lo largo del año la leche y la carne proporcional a la cantidad de ovejas de su propiedad”. Las ovejas del rebaño de Balász, por el contrario, pertenece solo a tres personas: 50 son suyas, 300 de su cuñado, y las 350 restantes de Miklós Fazákas.
Pese a lo que suponíamos, aquí la lana es solo un producto auxiliar de la ganadería ovina: Balász esquila él mismo a su rebaño y vende el producto a una fábrica de tejidos cercana. Las ovejas se crían por su carne y, en algunos casos, por su leche. La mayoría de los corderos son vendidos a Grecia a los cuatro meses, mientras que las ovejas más viejas son sacrificadas localmente cuando tienen cinco o seis años y su carne aún está tierna.
Además de la mitad del rebaño, Miklós Fazákas es también el propietario de todos los terrenos alrededor del lago de Keresztúr donde pastan las ovejas —y del propio lago—. Aquí, Miklós cultiva alfalfa y, después de la cosecha, Balász pastorea al rebaño en una relación simbiótica: las ovejas se alimentan en estos campos al mismo tiempo que los limpian y fertilizan. Miklós paga a Balász tanto en metálico como en especie: tabaco, alcohol y frutas y verduras que cultiva en sus campos.
Durante el invierno, entre noviembre y abril, Balász mantiene el rebaño a resguardo del frío en una vieja nave industrial cercana y, cuando llega la primavera, comienza a pastorearlo durante todo el verano. Al contrario que en otras zonas de Rumanía, en el País Sículo el pastoreo es estático y no hay una tradición de trashumancia: las grandes extensiones de pastos necesarias para ello contrastan con los bosques salpicados de claros que predominan en la región.
La principal preocupación de Balász son los osos que, de tiempo en tiempo, se aventuran fuera del bosque y matan a una o dos de sus ovejas. Cada pocas frases reitera este miedo. Para defender al rebaño tiene quince perros, grandes y amenazadores, que ladran ante cualquier ente extraño, como nosotros cuando tratábamos de acercarnos en un primer momento. La jauría está liderada por Rigku, negro y juguetón: “es el más pequeño de todos, pero también el más inteligente”, afirma Balász mientras le acaricia. Sin embargo, al parecer 15 perros no son suficientes para hacer frente a los osos y Miklós acaba de comprar otros seis de un pastor que se acaba de retirar.
Son ya las siete de la tarde y el sol comienza su lento descenso hacia el ocaso. Balász dirige al rebaño hacia el lago para que beba, aunque algunos de los animales prefieren hacerlo en el abrevadero en la falda de la colina. Cercanas ya al cercado donde pasarán la noche, las ovejas pastan durante un par de horas más.
Mientras tanto, Balász se relaje en el pequeño remolque-caseta de hojalata, apenas del tamaño de un colchón, que le sirve de refugio durante las noches de verano y donde guarda lo esencial para su subsistencia: algo de comida, una muda, la vieja radio, tabaco, palinka, vino casero…
Miklós Falákas aparece cuando el sol se está poniendo para ayudar a meter al rebaño en el corral, a limpiar a los perros y a curar a las ovejas heridas.
“Es un trabajo tranquilo y calmado, pero tienes que estar atento y despierto 24 horas al día para que los osos no maten al rebaño”, concluye Balász, reiterando nuevamente su miedo y preocupación por los osos.
